Llevaban casados casi cinco años. Ella se dedicaba a pintar cuadros en
casa, rara vez se vendían. Él, trabajaba en una oficina, era quien llevaba
dinero a casa. A él no le importaba si su mujer se pasaba el día pintando y a
ella no le importaba cuando a él se le alargaba la jornada y cenaba fuera por
trabajo.
Como ella solía hacer casi todas las semanas, se fue a ver, una vez más,
el “Guernica”, recién expuesto en el Casón del Buen Retiro, nunca se cansaba de
verlo. Luego, al regresar, decidió ir a dar un paseo por la ciudad. Era de
noche y su marido no cenaba en casa. En eso estaba cuando, a través de los
ventanales de un restaurante, lo vio cenando con otra mujer. Esta, le sacaba al
menos treinta años. Se quedó paralizada ante el cristal i volvió a casa
llorando. Se acostó sin cenar. Cuando él regresó, todo su cuerpo olía a perfume
caro. A mujer. Ella, no dijo nada.
Al día siguiente, él se marchó a trabajar y ella se quedó en su estudio.
Quería vengarse, pero no quería dejarlo. Llevaba dinero a casa, era un buen
marido y, sobretodo, muy buen amante. Pero quería vengarse, eso lo tenia claro.
Encendió la radio y en ese momento, en el Tercer Canal de la frecuencia
modulada, sonaba “Sexual Healing” de Marvin Gaye, fue entonces cuando le vino
la idea. Le iba a pagar con la misma moneda.
Llamó a un hotel y reservó una habitación. Se arregló el neceser y un
pequeño petate. Se fue, no sin antes cerrar la puerta con llave. Compró el
periódico de camino al hotel. Una vez allí, lo abrió por la página de
clasificados y llamó a una agencia de acompañantes masculinos. “Solo tenemos
disponibles para esta mañana al Cid, a Apolo o a Don Juan”. El Cid fue su
decisión, se lo imaginaba fuerte, varonil y con pelo. Muy a lo Charlton Heston
cuando estaba de buen ver. Todo lo necesario para su particular venganza.
Curación sexual. Gracias Marvin.
Se dio una ducha. Estaba nerviosa, nunca antes lo había hecho y le daba
morbo. Casi le daba las gracias a su marido por permitirle esta venganza, al
menos, por permitírsela a nivel moral. Se sentó en la cama, encendió la TV y se
quedó en blanco. Dos golpes en la puerta la sacaron de su ensimismamiento.
-
¿Quién es?
-
El Cid, señora.
Abrió. Su marido se la quedó mirando. Nadie dijo nada durante unos
segundos, quizá más. Ella rompió el silencio.
- Hola, ¿qué tal estás?
No hay comentarios:
Publicar un comentario