jueves, 8 de mayo de 2014

CURACIÓN SEXUAL




Llevaban casados casi cinco años. Ella se dedicaba a pintar cuadros en casa, rara vez se vendían. Él, trabajaba en una oficina, era quien llevaba dinero a casa. A él no le importaba si su mujer se pasaba el día pintando y a ella no le importaba cuando a él se le alargaba la jornada y cenaba fuera por trabajo.
Como ella solía hacer casi todas las semanas, se fue a ver, una vez más, el “Guernica”, recién expuesto en el Casón del Buen Retiro, nunca se cansaba de verlo. Luego, al regresar, decidió ir a dar un paseo por la ciudad. Era de noche y su marido no cenaba en casa. En eso estaba cuando, a través de los ventanales de un restaurante, lo vio cenando con otra mujer. Esta, le sacaba al menos treinta años. Se quedó paralizada ante el cristal i volvió a casa llorando. Se acostó sin cenar. Cuando él regresó, todo su cuerpo olía a perfume caro. A mujer. Ella, no dijo nada.
Al día siguiente, él se marchó a trabajar y ella se quedó en su estudio. Quería vengarse, pero no quería dejarlo. Llevaba dinero a casa, era un buen marido y, sobretodo, muy buen amante. Pero quería vengarse, eso lo tenia claro. Encendió la radio y en ese momento, en el Tercer Canal de la frecuencia modulada, sonaba “Sexual Healing” de Marvin Gaye, fue entonces cuando le vino la idea. Le iba a pagar con la misma moneda.
Llamó a un hotel y reservó una habitación. Se arregló el neceser y un pequeño petate. Se fue, no sin antes cerrar la puerta con llave. Compró el periódico de camino al hotel. Una vez allí, lo abrió por la página de clasificados y llamó a una agencia de acompañantes masculinos. “Solo tenemos disponibles para esta mañana al Cid, a Apolo o a Don Juan”. El Cid fue su decisión, se lo imaginaba fuerte, varonil y con pelo. Muy a lo Charlton Heston cuando estaba de buen ver. Todo lo necesario para su particular venganza. Curación sexual. Gracias Marvin.
Se dio una ducha. Estaba nerviosa, nunca antes lo había hecho y le daba morbo. Casi le daba las gracias a su marido por permitirle esta venganza, al menos, por permitírsela a nivel moral. Se sentó en la cama, encendió la TV y se quedó en blanco. Dos golpes en la puerta la sacaron de su ensimismamiento.
-       ¿Quién es?
-       El Cid, señora.
Abrió. Su marido se la quedó mirando. Nadie dijo nada durante unos segundos, quizá más. Ella rompió el silencio.

-       Hola, ¿qué tal estás?