Estoy jodido.
Verán, ahora mismo me encuentro en el
garaje de una casa situada en algún lugar cerca de Las Rozas y atado de pies y
manos a una silla. Me duele la cabeza y la espalda. A mi lado tengo al capullo
de Julián Montero, concejal de urbanismo de Madrid, él no se queja ni dice
nada, el motivo son los dos tiros que ha recibido, uno en el pecho y otro en la
frente. El muy ignorante se pensaba que el plomo, en urbanismo, solo se utiliza
para hacer los tabiques rectos.
Querrán saber como he llegado aquí y de
quien es esta casa, en caso de que lo sepa, claro. Pues sobre como he llegado
aquí no tengo ni idea, supongo que mi dolor de cabeza será alguna pista y,
respecto al entrañable y hospitalario dueño de la casa, ahí si sé algo, la casa
es de Matías Barrena. Se trata de un empresario vinculado a la construcción y a
la corrupción, ambas por igual, con un currículum que haría las delicias de
cualquier periódico sensacionalista. Y por lo que podéis intuir, todo un hijo
de puta, con perdón de su madre. Pero aún me queda explicaros el por qué de mi,
digamos, complicada situación.
Fui policía, me echaron del cuerpo por lo
que llamaron entonces: “falta de ética”. ¿Sabéis lo que pienso yo de eso? Que
por culpa de esa mierda tenemos las calles llenas de gentuza que después de
joder a los demás se esconden tras sus derechos. Que le den a la ética. Pero
esto no es de lo que hablamos. El caso es que me metí a detective privado. Me
contrató un periódico para hacer unas investigaciones y eso es lo que me lleva
hasta aquí al garaje de la casa de lujo de Barrena y con el fiambre de Montero
haciéndome compañía.
Por lo que descubrí, y a modo de resumen,
os diré que Montero y Barrena se dedicaron a hacer una serie de trapicheos que
hizo ricos a ambos, más a Barrena que a Montero. Barrena posee al menos media
docena de empresas fantasma, luego, tiene diferentes constructoras vinculadas a
dichas empresas, de modo que se agenciaba todas las construcciones, compraba el
suelo antes de que subiera de precio y cosas así y, siempre, desde diferentes
empresas. Eso antes, cuando el ladrillo y el oro andaban parejos de valor. Pero
todo se fue a la mierda. Y no por la crisis, que también, sino porque se empezaron
a investigar los trapos sucios de Montero. Al parecer, Barrena se enteró de la
investigación, se asustó y no quiso dejar cabos sueltos. Yo no sabía la
magnitud del caso cuando le presioné a la salida de un restaurante. Al día
siguiente, salí a la calle y me desperté aquí. Creo que no me han matado porque
creen que guardo algún as. Pero no, no tengo ninguno. Aunque eso sí,
aprovecharé la ventaja que eso me da.
Oigo el rugido de una moto potente que se
acerca. Se abre la puerta del garaje y entra Barrena con una MV Augusta F4
dando “gasazos”. Al mismo tiempo, por otra puerta que debe dar al interior de
la casa, entra un tal Mirko. Un energúmeno de mandíbula cuadrada, facciones
toscas y con cicatrices en la cabeza, que no puede esconder su falta de clase
por mucho que vista trajes de Hugo Boss. Es el orangután que le hace los
trabajos sucios a cambio de ropa cara, alguna que otra banana y unos cuantos
gramos de farlopa. Él mismo se ha cargado a mi compi de garaje. Lleva una
pistola en la parte derecha, debajo de la americana, por lo que deduzco que es
zurdo. En el bolsillo izquierdo, se intuye un bulto que parece ser un puño
americano. Es de la vieja escuela. Como diría Stallone. Vienen hacia mí. Si les
cabreo, tal vez, consiga hacerles creer que de verdad tengo algún tipo de
“seguro” y así ganar tiempo. Barrena se quita el casco y se da cuenta de que me
quedo mirando la moto.
-
Cuidado con la moto que la traigo calentita.
- ¿Seguro
que vosotros dos no os folláis el uno al otro? Porque hacéis una parejita
genial.
Mirko mira a su jefe para ver si le da
permiso para pegarme. Me mete un puñetazo en el estomago. Joder, duele, tiene
fuerza el cabrón. Vuelve a hablar Barrena.
-
Quiero saber quién coño sabe todo esto.
-
O que.
-
O me cargaré a tu familia – me río - ¿novia?
- Verás,
la única novia que tuve fue tu madre, pero al enterarme de quien era su hijo la
dejé, aunque la echo de menos, no veas como se movía la jodida.
Esta vez no pregunta. Mirko me mete un
hostiazo que me deja tendido en el suelo.
Escucho el sonido de la puerta al cerrarse, vuelvo a estar
solo. Me duele muchísimo la mandíbula. Del golpe la silla se ha roto pero sigo
estando atado de manos. Tengo que salir de aquí cuanto antes. Me giro para ver
si encuentro algo con lo que cortar la cuerda de nylon que me sujeta. ¡Joder!,
un Maserati Grandsport, el cabrón tiene gusto. Me quedo mirando la moto.
Calentita. Me arrastro hasta ella y pongo las manos sobre el tubo de escape,
aun esta caliente. Consigo quemar la cuerda no sin antes quemarme varias veces
en las manos y en los antebrazos. Me desato y vuelvo a donde estaba. Copio la
postura en la que me habían dejado. Me pongo a cantar a pleno pulmón, me cuesta
vocalizar, la mandíbula duele muchísimo.
- ¡Tenia
tanto que darte! ¡Tantas cosas que contarte! ¡Tenia tanto amor guardado para
ti!
Entra Mirko. Solo me sé ese trozo de la
canción así que sigo repitiéndolo.
- ¿Qué
coño haces? – Grita Mirko mientras sigo cantando.
Se agacha para acercarse a mí y aprovecho
su descuido para lanzarme a su bolsillo izquierdo. El saca la pistola. Yo cojo
el puño americano. Y antes de que consiga cargarla, le golpeo en la cara. Sigo
cantando. Le vuelvo a golpear. Queda inconsciente. Cojo su pistola. No dejo de
cantar. Le meto dos tiros, frente y pecho. Callo. Me quedo apuntando hacia la
puerta. Se escuchan pasos rápidos acercándose.
-
Joder Mirko, te he dicho que no le…
-
Y no lo ha hecho.
-
¿Cómo coño…?
- Siéntate
en esa silla – se la señalo
Se sienta y le ato de manos y piernas sin
dejar de apuntarle.
-
Le has matado, no puedes llamar a la policía. El
arma tiene tus huellas. Sabrán que…
- Cállate
anda. ¿quién ha dicho que vaya a llamar a la policía? Me echaron. – Busco un
trapo o trozo de tela y limpio el tubo de escape de la moto y un par de gotas
de sangre mía que había en el suelo - Por no tener un comportamiento ético. ¿Tu
crees?
Compruebo que no he manchado nada más de
sangre. Voy hacia el Maserati y pongo el trapo en la boca del depósito de
gasolina.
-
¿Qué demonios piensas hacer con eso?
-
Tranquilízate.
-
No iras a…
- ¿Resulta
paradójico verdad?, el dinero que has quemado te va a quemar a ti.
Me toco la mandíbula, duele, creo que la
tengo rota.
Prendo fuego al trapo y me voy.
¡Que os den!