lunes, 11 de marzo de 2013

THE GUN


Inspirado en The Gun, canción de Lou Reed (http://www.youtube.com/watch?v=h79khDFPhHI) Os recomiendo escucharla mientras leéis.



Os voy a contar lo que pasó un lluvioso día de marzo de 1996.

“The gun” de Lou Reed sonaba de fondo. Héctor, al que más bien se le conocía como “el Flaco”, estaba sentado en la barra de un club de carretera. Esta, de madera y llena de ralladuras, estaba pegajosa. Los taburetes, cuatro de un tipo y dos de otro, se sucedían sin orden alguno sobre un suelo lleno de colillas. Cuatro lámparas verdes y sucias iluminaban tímidamente la barra. Tras ella, un camarero limpiaba los vasos con un trapo sucio, mientras difuminaba con el humo de un pitillo un cartel de “reservado el derecho de admisión”. Olía a una mezcla de tabaco y alcohol de la noche anterior. Había cinco mesas de madera, y en una de ellas, de espaldas a la barra, un hombre de unos cuarenta años, quizá más, bebía cerveza de un botellín mientras le daba caladas a un Ducados detrás de otro. Eran las doce del mediodía, pero la ausencia de ventanas y las paredes granate oscuro no daban evidencia de ello. Sobre la puerta de la entrada, un luminoso de “Salida” parpadeaba de forma que casi parecía invitar más bien a salir que a quedarse.

El Flaco estaba contento, acababa de dar el golpe de su vida, decía. Así que, para celebrarlo, se había metido medio gramo de coca y más de media botella de Dyc mientras esperaba a que alguna de las “señoritas” apareciese. Sabía que en un sitio como ese no llamaría la atención. Si hubiera querido, podría haber pillado una habitación del Ritz y haberse subido a un par de fulanas de lujo, decía. Y ese era el problema, decía demasiado.

Y, ¿a quién le había robado el Flaco? A Alex, un conocido empresario que se dedicaba al trafico de droga y a las “chicas de vida alegre”, que era como él las llamaba. Todo un hijo de mala madre con fama de malas pulgas y con un historial que asustaría al más pintado, pero eso, al Flaco, le daba igual. Cuando se enteró de que uno de sus correos iba a realizar el pago de una gran cantidad de mercancía, armado del valor del que cree que no tiene nada que perder, lo atracó. Y, por extraño que parezca, le salió bien. Casi un millón de euros como premio.

Así que allí estaba, en un antro de mierda, totalmente pasado y hablando más de la cuenta. Que si ahora le tocaba darse un homenaje. Que si después, por la noche, llevaría a su mujer a cenar a donde ella quisiese. Que si hoy tocaba quemar pasta. Que si tenia dinero de sobra…  Parece ser que fue en un momento en el que el Flaco se despistó, cuando el camarero llamó por teléfono a Alex. Resulta que ese local era uno de los tantos que poseía el susodicho hombre de negocios.

Al volver de una de las muchas visitas al baño que hizo, nuestro amigo se encontró a alguien sentado en la barra, justo al lado de donde él estaba. Se sentó a su lado sin dirigirle la palabra. El disco de Lou Reed, mientras tanto, había dado la vuelta entera y, ahora, volvía a sonar “The gun”.
-       Hola Héctor o ¿debo llamarte Flaco? – masculló el hombre.
-       ¿Quién coño eres?
-     Creo que deberías saberlo – mientras dejaba un revolver encima de la barra – al menos antes de atreverte a robarme.

El Flaco, tembloroso, borracho y drogado, empezó a sudar. Y, en un alarde de idiotez, sacó una Browning 9mm.
-       ¿Crees que voy a ser tan estúpido de no ir armado, Alex? – Respondió mientras le apuntaba con el cañón a un palmo de la frente.
-       No tanto como me pensaba pero, igualmente estúpido – Añadió el camarero mientras apuntaba al Flaco con una recortada que acababa de sacar de debajo de la barra – Baja el arma, imbécil.

En eso estaban cuando el hombre de la mesa se levantó y apuntó con un arma a ambos después de gritar con cierta chulería: “Tranquilos señores, soy Policía, vamos a tener la fiesta en paz, ¿vale?”. Después, todo pasó en milésimas de segundo. Alex, en un acto reflejo, cogió el revolver y disparó al policía. El policía disparó al camarero. El Flaco apretó el gatillo de la Browning y Alex cayó tieso al suelo. Y, cuando parecía que solo el Flaco quedaba en pie, el policía, en un último esfuerzo, le disparó en el pecho y él también cayó al suelo. Al parecer, todos muertos. Mientras tanto, sonaban los últimos acordes de la canción.

Os preguntareis como sé todo esto y con tanto detalle. Muy fácil. Ahora ya nadie me conoce como el Flaco, ni siquiera me sigo llamando Héctor, aunque no os diré mi actual nombre. Por suerte, aquel último disparo no me atravesó ningún órgano vital. Con parte del dinero, cogí a mi mujer, compré una identidad nueva para ambos y nos trasladamos a otra ciudad lejos de allí. Con lo que me sobró, he abierto un pequeño local donde suena rock n’ roll y se pueden beber buenas cervezas. ¿A que no sabéis con que canción cierro todas las noches?

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