Inspirado en The Gun, canción de Lou Reed (http://www.youtube.com/watch?v=h79khDFPhHI) Os recomiendo escucharla mientras leéis.
Os voy a
contar lo que pasó un lluvioso día de marzo de 1996.
“The gun”
de Lou Reed sonaba de fondo. Héctor, al que más bien se le conocía como “el Flaco”,
estaba sentado en la barra de un club de carretera. Esta, de madera y llena de
ralladuras, estaba pegajosa. Los taburetes, cuatro de un tipo y dos de otro, se
sucedían sin orden alguno sobre un suelo lleno de colillas. Cuatro lámparas
verdes y sucias iluminaban tímidamente la barra. Tras ella, un camarero limpiaba
los vasos con un trapo sucio, mientras difuminaba con el humo de un pitillo un
cartel de “reservado el derecho de admisión”. Olía a una mezcla de tabaco y alcohol de la noche
anterior. Había cinco mesas de madera, y en una de ellas, de espaldas a la
barra, un hombre de unos cuarenta años, quizá más, bebía cerveza de un botellín
mientras le daba caladas a un Ducados detrás de otro. Eran las doce del mediodía,
pero la ausencia de ventanas y las paredes granate oscuro no daban evidencia de
ello. Sobre la puerta de la entrada, un luminoso de “Salida” parpadeaba de
forma que casi parecía invitar más bien a salir que a quedarse.
El Flaco
estaba contento, acababa de dar el golpe de su vida, decía. Así que, para
celebrarlo, se había metido medio gramo de coca y más de media botella de Dyc
mientras esperaba a que alguna de las “señoritas” apareciese. Sabía que en un
sitio como ese no llamaría la atención. Si hubiera querido, podría haber
pillado una habitación del Ritz y haberse subido a un par de fulanas de lujo, decía.
Y ese era el problema, decía demasiado.
Y, ¿a
quién le había robado el Flaco? A Alex, un conocido empresario que se dedicaba
al trafico de droga y a las “chicas de vida alegre”, que era como él las
llamaba. Todo un hijo de mala madre con fama de malas pulgas y con un historial
que asustaría al más pintado, pero eso, al Flaco, le daba igual. Cuando se
enteró de que uno de sus correos iba a realizar el pago de una gran cantidad de
mercancía, armado del valor del que cree que no tiene nada que perder, lo
atracó. Y, por extraño que parezca, le salió bien. Casi un millón de euros como
premio.
Así que
allí estaba, en un antro de mierda, totalmente pasado y hablando más de la
cuenta. Que si ahora le tocaba darse un homenaje. Que si después, por la noche,
llevaría a su mujer a cenar a donde ella quisiese. Que si hoy tocaba quemar
pasta. Que si tenia dinero de sobra…
Parece ser que fue en un momento en el que el Flaco se despistó, cuando
el camarero llamó por teléfono a Alex. Resulta que ese local era uno de los tantos
que poseía el susodicho hombre de negocios.
Al volver
de una de las muchas visitas al baño que hizo, nuestro amigo se encontró a alguien
sentado en la barra, justo al lado de donde él estaba. Se sentó a su lado sin
dirigirle la palabra. El disco de Lou Reed, mientras tanto, había dado la
vuelta entera y, ahora, volvía a sonar “The gun”.
-
Hola Héctor o
¿debo llamarte Flaco? – masculló el hombre.
-
¿Quién coño
eres?
- Creo que
deberías saberlo – mientras dejaba un revolver encima de la barra – al menos
antes de atreverte a robarme.
El Flaco,
tembloroso, borracho y drogado, empezó a sudar. Y, en un alarde de idiotez,
sacó una Browning 9mm.
-
¿Crees que voy a
ser tan estúpido de no ir armado, Alex? – Respondió mientras le apuntaba con el
cañón a un palmo de la frente.
-
No tanto como me
pensaba pero, igualmente estúpido – Añadió el camarero mientras apuntaba al
Flaco con una recortada que acababa de sacar de debajo de la barra – Baja el
arma, imbécil.
En eso
estaban cuando el hombre de la mesa se levantó y apuntó con un arma a ambos
después de gritar con cierta chulería: “Tranquilos señores, soy Policía, vamos
a tener la fiesta en paz, ¿vale?”. Después, todo pasó en milésimas de segundo. Alex,
en un acto reflejo, cogió el revolver y disparó al policía. El policía disparó
al camarero. El Flaco apretó el gatillo de la Browning y Alex cayó tieso al suelo.
Y, cuando parecía que solo el Flaco quedaba en pie, el policía, en un último
esfuerzo, le disparó en el pecho y él también cayó al suelo. Al parecer, todos
muertos. Mientras tanto, sonaban los últimos acordes de la canción.
Os
preguntareis como sé todo esto y con tanto detalle. Muy fácil. Ahora ya nadie
me conoce como el Flaco, ni siquiera me sigo llamando Héctor, aunque no os diré
mi actual nombre. Por suerte, aquel último disparo no me atravesó ningún órgano
vital. Con parte del dinero, cogí a mi mujer, compré una identidad nueva para
ambos y nos trasladamos a otra ciudad lejos de allí. Con lo que me sobró, he
abierto un pequeño local donde suena rock n’ roll y se pueden beber buenas
cervezas. ¿A que no sabéis con que canción cierro todas las noches?