- ¡Mierda!
Todas
por el wáter, empezamos bien.
No
importa, me digo. Como soy hombre de rutinas, vuelvo al salón para seguir
pintando mi nueva colección de explosiones. Se trata de una serie de cuadros
pintados al óleo en los que recreo, con diferentes formas y colores, un conjunto
de explosiones y que, una vez terminados, expondré complacido en el salón y en
el pasillo de mi casa pero, si sale, gustosamente haré lo mismo en cualquier
otro lugar que se preste a ello. En esto llevo invertidas mis últimas tres
semanas.
Como
era de esperar, en este artístico proceso estaba cuando, días atrás, llamó mi
vecina, una sexagenaria y simpática anciana que no medirá más de metro y medio
y que siempre esta al acecho de quien entra y sale del portal. Me dijo que tres
personas iban preguntando por mí, dos hombres y una mujer mayor, y que
tenían acento alemán (esto lo sabia porque ve la tele) como no le parecían de
fiar, logró disuadirles diciéndoles que no estaba.
Desde
entonces no dejo de darle vueltas, apenas logro concentrarme en las explosiones
y noto cierta tensión en ellas. Llevo un comportamiento extraño, algo me dice
que tengo que recortar y lo hago, porque es necesario, dice. Así que ahora
desayuno medio vaso de leche y media rebanada de pan de molde con medio trocito
de pechuga de pavo. Me ducho con un cubo de agua metido dentro de la bañera. He
desenroscado la mitad de las bombillas porque se que puedo vivir sin tanta luz.
De este modo estoy pasando los últimos días. Me dicen que lo estoy haciendo
bien pero que aun vivo por encima de mis posibilidades.
Estoy
inmerso en el dificultoso acto de lavado con cubo de agua y esponja. Suena el
teléfono. Como no es un proceso en el que el agua abunde, salgo de la ducha sin
hacer demasiado destrozo en cuanto a lo que suelos mojados se refiere.
- ¿Quién es?
- ¿Javi? - Sonaba una voz dulce de una mujer que parecía ser joven.
- Si, soy yo, ¿quién eres tu?
- Tengo que hablar contigo en persona.
- ¿Qué tienes que qué? ¿Pero como sabes mi…?
- No tengo tiempo para explicaciones– Me interrumpe - ¿Quedamos en algún
sitio o voy yo a tu casa?
- Ven a mi casa si quieres.
- Perfecto, en una hora estoy allí.
- Espera, como sabes donde vi…
Cuelga.
Me ha dejado totalmente perplejo y goteando. Me siento en la silla que esta
justo al lado del mueble donde tengo el teléfono. Desnudo. ¿Le he dicho que
venga a mi casa a una extraña que sabe donde vivo? Desconcertado. Pasan unos minutos hasta que decido que si voy
a recibir la vistita de una mujer, esta no es forma de hacerlo. Vuelvo sobre
mis mojados pasos, con cuidado de no resbalar y me meto en la bañera para
continuar con mi aseo. Cuando termino, me siento frente al armario y me tiro
diez minutos decidiendo cual seria el atuendo para la visita. Sigo dándole vueltas
y vueltas a la enigmática llamada. Decido ponerme un chino rojo con una camisa
de botones verde pistacho y un suéter azul cielo que deja asomar el cuello y
las mangas de la camisa. En cuanto a los zapatos, me decido por unas deportivas
“Asics” que compré en la sección de “running” de un “Decathlon”. Creo que he
acertado de pleno en la vestimenta, enérgica, joven y dinámica. Una vez
decidido todo esto, apenas me quedan diez minutos para que llegue, así que me
pongo a preparar café y un plato con unas galletitas. No siempre se recibe la
visita de una mujer.
Llaman
al timbre del rellano, miro por la mirilla y es mi encantadora vecina.
- Hola señora Teresa. ¿Qué sucede?
- Nada cariño, es solo para avisarte de que tienes visita – con un tono
risueño continua – y es muy guapa.
- Gracias por el aviso. Te tengo que dejar, lo siento, pero tengo el café
en el fuego y todo eso y…
- Tranquilo chico, pero no lo estropees.
Se
va. Segundos después, llaman al timbre. Es ella. ¡Dios¡ es guapísima, debe
tener como unos veintiséis años y medio, a mi ver. Con un pelo castaño y liso, ojos grandes y
verdes y una altura que podríamos situar entorno a una altura media. Le abro
con la cafetera en la mano y entra directamente con decisión.
- No tenemos tiempo para café. Verás, te han insertado un chip.
- ¿Un chip? – Respondo combinando mis palabras con un respingo.
- Si, un chip. Hay una célula formada por dos hombres, que, por encargo
del gobierno de Alemania y en particular de una tal Ángela, se dedican a
instalar, mientras duermes, un chip en el cerebro. Este chip, te transmite
pensamientos y cambia tus conductas para…
- Espera, ¿dos hombres? ¿Alemanes? Y… ¿Ángela, Ángela? ¿La de las
noticias?
- No lo sé, supongo. Verás, están instalando ese chip con la finalidad de
llevar nuestra conducta hacia la
austeridad. Hasta los mandatarios de nuestro gobierno tienen un chip instalado
y no lo saben. Están destrozando el país y oyen voces que, continuamente, les
animan a seguir haciéndolo.
- Vale, puede ser pero, ¿que pinto yo en todo esto?
- Ahí esta el tema Javi, pintar pintas. Tu nueva colección la expondrás en
la Moncloa. Así, de este modo…
- Espera – vuelvo a interrumpir - ¿Dices que voy a exponer en la Moncloa?
– Lo grito mientras lo pregunto. Jamás pensé que podría exponer en semejante
escenario.
- Ese no es el caso, eso solo servirá para que puedas acercarte a Mariano
y le cuentes todo lo que te he contado. Javi, confiamos en ti y sabemos que
puedes hacerlo.
- ¿Confiáis? ¿Quiénes?
Llaman
al timbre, es la señora Teresa.
- Javi, vienen los de la otra vez, no he podido retenerles. Huye por la
ventana.
- ¡Se nos han adelantado! ¡Me deben haber seguido! –está muy nerviosa
- ¡Sígueme! – la invito.
- No tenemos tiempo. Debes hablar con Mariano, escapa tu, yo les
entretendré.
Salto
por la ventana y, con cuidado, me desplazo por la cornisa como si fuese el
sigiloso gato de la señora Teresa.
- Javi – me llaman desde la azotea.
- ¡Teresa!
- Están en tu salón, uno de los hombres se ha llevado a la chica. La mujer
se parece a esa de la tele, la que sale en los telediarios. Tienen pinta de
estar muy cabreados. ¡Corre!
Corro.
Corro tanto que me resbalo y me precipito al vacío.
Me
despierto en una cama de hospital con la pierna escayolada y con un fuerte
dolor de cabeza. Entra una enfermera, revisa cosas que no entiendo y que
tampoco le pregunto. Llama al doctor por un telefonillo que hay en el
habitáculo. Minutos después entra el que es mí doctor.
- ¿Cómo te encuentras, Javi?
- Bien, o eso creo - cada sílaba que pronuncio se transforma en un dolor
acuciante en la sien.
- Tuviste suerte de que era un primero. ¿Sabes que podría haber sido mucho
peor, no? – espera que le responda pero no lo hago - Por lo que veo, la
medicación nueva no funcionó como esperábamos.
- Verá Dr. Agustín, resulta que se me cayó por el wáter y ni siquiera he
llegado a tomarla.
jajaja muy ingenioso e inesperado final. me gusta!
ResponderEliminarMuchas gracias!!! Me alegro de que te haya gustado!!
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