Tiene
treintaisiete años, vive en un despacho de diez metros cuadrados y es negro. No
de piel negra sino un escritor de esos que escriben sus libros para que otros
con más nombre lo firmen luego. Nuestro negro es más bien de tez blanca, blanco
flexo. Lleva una vida ordenada, tranquila y previsible. Se levanta a las siete,
se da una ducha y se vuelve a poner el pijama. Baja a la cocina y prepara el
desayuno para él y su mujer, luego, se mete en su despacho. Vuelve a salir
horas después para preparar la comida de los dos. Comen, hablan de la mañana de
cada uno, casi siempre de la de ella, él se limita a escuchar y a asentir con
la cabeza. Comentan las noticias y discuten sobre banalidades. Vuelve de donde
ha salido momentos antes. A media tarde, sale para sentarse a ver la televisión
o para atender a algunos de los quehaceres que conlleva la vida doméstica. Vive
con su mujer, es una buena mujer, pero no hablaremos de ella. No tiene hijos,
no porque no quiera, simplemente, porque no los tiene. No es el tipo más feliz
del mundo, aunque no se queja. Dice que disfruta de su trabajo, pero le entristece que su nombre nunca
aparezca en el lomo de lo que escribe. Se autoconvence con un “al menos así,
las palabras que escribo, llegan a las personas”. Ama las palabras, más que a sí
mismo y puede que casi tanto como a su mujer. Nuestro negro paga sus facturas.
Su próximo
encargo es para un alto cargo del mundo de la política. Fácil. Solo tendrá que
escribir una historia poco profunda. Que no diga mucho, algo sí, pero sin
pasarse, se supone que la tiene que escribir un político. Así que esta misma
mañana repite el procedimiento de siempre: a saber, se sienta frente al
ordenador y se empapa de toda la información posible acerca de su cliente:
entrevistas en prensa, radio y televisión. Si de algo se siente especialmente
orgulloso es de saber escribir los textos como si fuera su contratante quien
los escribiese, con sus expresiones, con su forma de hablar y con su carácter.
Ha pasado una semana y poco y, dejando atrás un par de
comidas con quien firmará su libro, nuestro amigo ya esta preparado para
escribir. Se ha levantado como de costumbre y ha realizado las acciones que tan
previsiblemente acomete día tras día. Con el pijama puesto, se sienta frente a
un folio en blanco, piensa, escribe algo, una frase corta y la tacha. Se queda
callado. Piensa, escribe y tacha. Repite la operación unas cuantas veces. Hace del
papel una bola y lo lanza a la papelera. Hoy no está muy inspirado, se dice.
Decide ir a dar una vuelta. Vuelve para hacer la comida. Comen. Regresa a su
trabajo y le sucede lo mismo que en su jornada matutina. Se pone nervioso.
Los días
de la semana siguen el orden esperado mientras él no consigue mas que amontonar
intentos en una papelera que se desborda. Empieza a pasar más horas encerrado.
No sale a comer. En el desayuno prepara la comida y se la deja en la cocina a
su mujer con una nota: “no me esperes”.
Lleva tres
semanas sentado frente a papeles en blanco donde escribe frases que luego tacha
y acaban convirtiéndose en bolas que ya lanza directamente al suelo. El
despacho, cerrado a cal y canto, huele a desesperación. Llama su cliente, “aun
no tengo nada”, cuelga. Casi no duerme, no sale, apenas come y cuando lo hace,
lo hace solo. No se ducha y no se afeita. Su mujer, que es una buena mujer,
pasa de vez en cuando por la puerta y pregunta si todo va bien, “bien” responde
él. Sus ordenadas jornadas se desordenan. Come lo que sea a cualquier hora y
duerme sin atender a horarios.
Está en la
cama, hace más de un mes que no tiene sexo. Suena el despertador, son las tres
y media de la madrugada, su mujer se molesta por su horario. Él se levanta, lo deja
sonando, se va al armario donde guardan las herramientas, coge un martillo, vuelve
y rompe el despertador. Ella se enfada, él se limita a escuchar con la mirada puesta
sobre un punto fijo y desenfocado. A primera hora de la mañana se baja al Bazar
y compra una colchoneta de playa de color amarillo. Sube a casa. Se mete en su
despacho, hace hueco entre las bolas de papel y los envoltorios de comidas
preparadas, la infla y la coloca en el suelo. Se echa una siesta a las diez de
la mañana. Vuelve a llamar su cliente: “No tengo nada”.
Pasa el
tiempo y nuestro harapiento negro, sigue sin poder escribir. Le es muy difícil.
Los restos de comida precocinada y envases se amontonan por todas partes.
Aletargado contempla con estúpida curiosidad los diferentes pliegues de una
bolsa de “Doritos” vacía que minutos atrás había tratado de doblegar formando
un cuadrado cada vez más pequeño. Escribir y no decir nada es lo que le pide. “¡Eso
es!”, no se había parado a pensar en el encargo. “¡Escribir y no decir nada!”,
se repite varias veces. ¡Es como prostituir las palabras! Por eso no podía, por
eso las montañas de papel. Por fin entiende el proyecto. Tiene que contar cosas
que no cuenten nada nada, escribir palabras que no digan nada, emocionar con
emociones huecas… y, para ello, tiene que dejar de lado sus principios. ¿Cómo
no se había dado cuenta al estudiar a su
cliente?
Las
palabras se suceden y no dicen nada, lo que cuenta es tan vacío que incluso da
vértigo leerlo, pero el texto es bueno, muy bueno, piensa. En apenas dos
semanas tiene impreso su encargo. Pero esta mañana no está orgulloso, ha
vaciado de significado su escritura y no le gusta. Se queda quieto, mira su
despacho, mira el suelo, la colchoneta amarilla, los montones de papel y los
envoltorios de comida. Se huele las axilas y hace una mueca. Coge el trabajo,
se va a la cocina y lo echa al cubo azul. Vuelve a su despacho y se pone a
limpiarlo. Se mete en el baño, se afeita, se ducha. Llama al peluquero, pide
cita para la tarde. Hace la comida y espera sentado en la mesa a que llegue su
mujer. Su mujer, que es una buena mujer, no dice nada al respecto. Comen, ella
le cuenta su mañana y el se limita a escuchar y a asentir con la cabeza.
Comentan las noticias y discuten sobre banalidades. Mañana volverá a escribir,
pero a su nombre.
me ha gustado mucho, mucho.
ResponderEliminaryo también intento doblar las bolsas de doritos en cuadrados cada vez más pequeños.
Muchas gracias Bea!!! Lo de las bolsas ya es un clásico yo también lo hago jejeje
EliminarSimó, esta genial ¡Enserio! ¡Me encanta!
ResponderEliminarMuchas gracias Pristo!!!
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