jueves, 14 de febrero de 2013

MARIANO, TENEMOS UN PROBLEMA


-         ¡Mierda!

Todas por el wáter, empezamos bien.
No importa, me digo. Como soy hombre de rutinas, vuelvo al salón para seguir pintando mi nueva colección de explosiones. Se trata de una serie de cuadros pintados al óleo en los que recreo, con diferentes formas y colores, un conjunto de explosiones y que, una vez terminados, expondré complacido en el salón y en el pasillo de mi casa pero, si sale, gustosamente haré lo mismo en cualquier otro lugar que se preste a ello. En esto llevo invertidas mis últimas tres semanas.
Como era de esperar, en este artístico proceso estaba cuando, días atrás, llamó mi vecina, una sexagenaria y simpática anciana que no medirá más de metro y medio y que siempre esta al acecho de quien entra y sale del portal. Me dijo que tres personas iban preguntando por mí, dos hombres y una mujer mayor, y que tenían acento alemán (esto lo sabia porque ve la tele) como no le parecían de fiar, logró disuadirles diciéndoles que no estaba.
Desde entonces no dejo de darle vueltas, apenas logro concentrarme en las explosiones y noto cierta tensión en ellas. Llevo un comportamiento extraño, algo me dice que tengo que recortar y lo hago, porque es necesario, dice. Así que ahora desayuno medio vaso de leche y media rebanada de pan de molde con medio trocito de pechuga de pavo. Me ducho con un cubo de agua metido dentro de la bañera. He desenroscado la mitad de las bombillas porque se que puedo vivir sin tanta luz. De este modo estoy pasando los últimos días. Me dicen que lo estoy haciendo bien pero que aun vivo por encima de mis posibilidades.
Estoy inmerso en el dificultoso acto de lavado con cubo de agua y esponja. Suena el teléfono. Como no es un proceso en el que el agua abunde, salgo de la ducha sin hacer demasiado destrozo en cuanto a lo que suelos mojados se refiere.
-         ¿Quién es?
-     ¿Javi? - Sonaba una voz dulce de una mujer que parecía ser joven.
-     Si, soy yo, ¿quién eres tu?
-         Tengo que hablar contigo en persona.
-     ¿Qué tienes que qué? ¿Pero como sabes mi…?
-     No tengo tiempo para explicaciones– Me interrumpe - ¿Quedamos en algún sitio o voy yo a tu casa?
-         Ven a mi casa si quieres.
-         Perfecto, en una hora estoy allí.
-         Espera, como sabes donde vi…
Cuelga. Me ha dejado totalmente perplejo y goteando. Me siento en la silla que esta justo al lado del mueble donde tengo el teléfono. Desnudo. ¿Le he dicho que venga a mi casa a una extraña que sabe donde vivo? Desconcertado.  Pasan unos minutos hasta que decido que si voy a recibir la vistita de una mujer, esta no es forma de hacerlo. Vuelvo sobre mis mojados pasos, con cuidado de no resbalar y me meto en la bañera para continuar con mi aseo. Cuando termino, me siento frente al armario y me tiro diez minutos decidiendo cual seria el atuendo para la visita. Sigo dándole vueltas y vueltas a la enigmática llamada. Decido ponerme un chino rojo con una camisa de botones verde pistacho y un suéter azul cielo que deja asomar el cuello y las mangas de la camisa. En cuanto a los zapatos, me decido por unas deportivas “Asics” que compré en la sección de “running” de un “Decathlon”. Creo que he acertado de pleno en la vestimenta, enérgica, joven y dinámica. Una vez decidido todo esto, apenas me quedan diez minutos para que llegue, así que me pongo a preparar café y un plato con unas galletitas. No siempre se recibe la visita de una mujer.
Llaman al timbre del rellano, miro por la mirilla y es mi encantadora vecina.
-         Hola señora Teresa. ¿Qué sucede?
-        Nada cariño, es solo para avisarte de que tienes visita – con un tono risueño continua – y es muy guapa.
-       Gracias por el aviso. Te tengo que dejar, lo siento, pero tengo el café en el fuego y todo eso y…
-         Tranquilo chico, pero no lo estropees.
Se va. Segundos después, llaman al timbre. Es ella. ¡Dios¡ es guapísima, debe tener como unos veintiséis años y medio, a mi ver.  Con un pelo castaño y liso, ojos grandes y verdes y una altura que podríamos situar entorno a una altura media. Le abro con la cafetera en la mano y entra directamente con decisión.
-         No tenemos tiempo para café. Verás, te han insertado un chip.
-        ¿Un chip? – Respondo combinando mis palabras con un respingo.
-    Si, un chip. Hay una célula formada por dos hombres, que, por encargo del gobierno de Alemania y en particular de una tal Ángela, se dedican a instalar, mientras duermes, un chip en el cerebro. Este chip, te transmite pensamientos y cambia tus conductas para…
-         Espera, ¿dos hombres? ¿Alemanes? Y… ¿Ángela, Ángela? ¿La de las noticias?
-   No lo sé, supongo. Verás, están instalando ese chip con la finalidad de llevar nuestra  conducta hacia la austeridad. Hasta los mandatarios de nuestro gobierno tienen un chip instalado y no lo saben. Están destrozando el país y oyen voces que, continuamente, les animan a seguir haciéndolo.
-         Vale, puede ser pero, ¿que pinto yo en todo esto?
-        Ahí esta el tema Javi, pintar pintas. Tu nueva colección la expondrás en la Moncloa. Así, de este modo…
-        Espera – vuelvo a interrumpir - ¿Dices que voy a exponer en la Moncloa? – Lo grito mientras lo pregunto. Jamás pensé que podría exponer en semejante escenario.
-        Ese no es el caso, eso solo servirá para que puedas acercarte a Mariano y le cuentes todo lo que te he contado. Javi, confiamos en ti y sabemos que puedes hacerlo.
-         ¿Confiáis? ¿Quiénes?
Llaman al timbre, es la señora Teresa.
-         Javi, vienen los de la otra vez, no he podido retenerles. Huye por la ventana.
-         ¡Se nos han adelantado! ¡Me deben haber seguido! –está muy nerviosa
-         ¡Sígueme! – la invito.
-         No tenemos tiempo. Debes hablar con Mariano, escapa tu, yo les entretendré.
Salto por la ventana y, con cuidado, me desplazo por la cornisa como si fuese el sigiloso gato de la señora Teresa.
-        Javi – me llaman desde la azotea.
-        ¡Teresa!
-       Están en tu salón, uno de los hombres se ha llevado a la chica. La mujer se parece a esa de la tele, la que sale en los telediarios. Tienen pinta de estar muy cabreados. ¡Corre!
Corro. Corro tanto que me resbalo y me precipito al vacío.
Me despierto en una cama de hospital con la pierna escayolada y con un fuerte dolor de cabeza. Entra una enfermera, revisa cosas que no entiendo y que tampoco le pregunto. Llama al doctor por un telefonillo que hay en el habitáculo. Minutos después entra el que es mí doctor.
-         ¿Cómo te encuentras, Javi?
-         Bien, o eso creo - cada sílaba que pronuncio se transforma en un dolor acuciante en la sien.
-    Tuviste suerte de que era un primero. ¿Sabes que podría haber sido mucho peor, no? – espera que le responda pero no lo hago - Por lo que veo, la medicación nueva no funcionó como esperábamos.
-         Verá Dr. Agustín, resulta que se me cayó por el wáter y ni siquiera he llegado a tomarla.

viernes, 1 de febrero de 2013

EL NEGRO


Tiene treintaisiete años, vive en un despacho de diez metros cuadrados y es negro. No de piel negra sino un escritor de esos que escriben sus libros para que otros con más nombre lo firmen luego. Nuestro negro es más bien de tez blanca, blanco flexo. Lleva una vida ordenada, tranquila y previsible. Se levanta a las siete, se da una ducha y se vuelve a poner el pijama. Baja a la cocina y prepara el desayuno para él y su mujer, luego, se mete en su despacho. Vuelve a salir horas después para preparar la comida de los dos. Comen, hablan de la mañana de cada uno, casi siempre de la de ella, él se limita a escuchar y a asentir con la cabeza. Comentan las noticias y discuten sobre banalidades. Vuelve de donde ha salido momentos antes. A media tarde, sale para sentarse a ver la televisión o para atender a algunos de los quehaceres que conlleva la vida doméstica. Vive con su mujer, es una buena mujer, pero no hablaremos de ella. No tiene hijos, no porque no quiera, simplemente, porque no los tiene. No es el tipo más feliz del mundo, aunque no se queja. Dice que disfruta de su trabajo,  pero le entristece que su nombre nunca aparezca en el lomo de lo que escribe. Se autoconvence con un “al menos así, las palabras que escribo, llegan a las personas”. Ama las palabras, más que a sí mismo y puede que casi tanto como a su mujer. Nuestro negro paga sus facturas.
Su próximo encargo es para un alto cargo del mundo de la política. Fácil. Solo tendrá que escribir una historia poco profunda. Que no diga mucho, algo sí, pero sin pasarse, se supone que la tiene que escribir un político. Así que esta misma mañana repite el procedimiento de siempre: a saber, se sienta frente al ordenador y se empapa de toda la información posible acerca de su cliente: entrevistas en prensa, radio y televisión. Si de algo se siente especialmente orgulloso es de saber escribir los textos como si fuera su contratante quien los escribiese, con sus expresiones, con su forma de hablar y con su carácter.
            Ha pasado una semana y poco y, dejando atrás un par de comidas con quien firmará su libro, nuestro amigo ya esta preparado para escribir. Se ha levantado como de costumbre y ha realizado las acciones que tan previsiblemente acomete día tras día. Con el pijama puesto, se sienta frente a un folio en blanco, piensa, escribe algo, una frase corta y la tacha. Se queda callado. Piensa, escribe y tacha. Repite la operación unas cuantas veces. Hace del papel una bola y lo lanza a la papelera. Hoy no está muy inspirado, se dice. Decide ir a dar una vuelta. Vuelve para hacer la comida. Comen. Regresa a su trabajo y le sucede lo mismo que en su jornada matutina. Se pone nervioso.
Los días de la semana siguen el orden esperado mientras él no consigue mas que amontonar intentos en una papelera que se desborda. Empieza a pasar más horas encerrado. No sale a comer. En el desayuno prepara la comida y se la deja en la cocina a su mujer con una nota: “no me esperes”.
Lleva tres semanas sentado frente a papeles en blanco donde escribe frases que luego tacha y acaban convirtiéndose en bolas que ya lanza directamente al suelo. El despacho, cerrado a cal y canto, huele a desesperación. Llama su cliente, “aun no tengo nada”, cuelga. Casi no duerme, no sale, apenas come y cuando lo hace, lo hace solo. No se ducha y no se afeita. Su mujer, que es una buena mujer, pasa de vez en cuando por la puerta y pregunta si todo va bien, “bien” responde él. Sus ordenadas jornadas se desordenan. Come lo que sea a cualquier hora y duerme sin atender a horarios.
Está en la cama, hace más de un mes que no tiene sexo. Suena el despertador, son las tres y media de la madrugada, su mujer se molesta por su horario. Él se levanta, lo deja sonando, se va al armario donde guardan las herramientas, coge un martillo, vuelve y rompe el despertador. Ella se enfada, él se limita a escuchar con la mirada puesta sobre un punto fijo y desenfocado. A primera hora de la mañana se baja al Bazar y compra una colchoneta de playa de color amarillo. Sube a casa. Se mete en su despacho, hace hueco entre las bolas de papel y los envoltorios de comidas preparadas, la infla y la coloca en el suelo. Se echa una siesta a las diez de la mañana. Vuelve a llamar su cliente: “No tengo nada”.
Pasa el tiempo y nuestro harapiento negro, sigue sin poder escribir. Le es muy difícil. Los restos de comida precocinada y envases se amontonan por todas partes. Aletargado contempla con estúpida curiosidad los diferentes pliegues de una bolsa de “Doritos” vacía que minutos atrás había tratado de doblegar formando un cuadrado cada vez más pequeño. Escribir y no decir nada es lo que le pide. “¡Eso es!”, no se había parado a pensar en el encargo. “¡Escribir y no decir nada!”, se repite varias veces. ¡Es como prostituir las palabras! Por eso no podía, por eso las montañas de papel. Por fin entiende el proyecto. Tiene que contar cosas que no cuenten nada nada, escribir palabras que no digan nada, emocionar con emociones huecas… y, para ello, tiene que dejar de lado sus principios. ¿Cómo no se había dado cuenta al  estudiar a su cliente?
Las palabras se suceden y no dicen nada, lo que cuenta es tan vacío que incluso da vértigo leerlo, pero el texto es bueno, muy bueno, piensa. En apenas dos semanas tiene impreso su encargo. Pero esta mañana no está orgulloso, ha vaciado de significado su escritura y no le gusta. Se queda quieto, mira su despacho, mira el suelo, la colchoneta amarilla, los montones de papel y los envoltorios de comida. Se huele las axilas y hace una mueca. Coge el trabajo, se va a la cocina y lo echa al cubo azul. Vuelve a su despacho y se pone a limpiarlo. Se mete en el baño, se afeita, se ducha. Llama al peluquero, pide cita para la tarde. Hace la comida y espera sentado en la mesa a que llegue su mujer. Su mujer, que es una buena mujer, no dice nada al respecto. Comen, ella le cuenta su mañana y el se limita a escuchar y a asentir con la cabeza. Comentan las noticias y discuten sobre banalidades. Mañana volverá a escribir, pero a su nombre.